viernes, 26 de junio de 2009

Ares poético VII

Hay tantos muertos y tanta muerte alrededor, que solo me queda expedir un certificado médico. Y será todo por este viernes de lucha calurosa.

Certificado médico

Todo está roto:
la muñeca,
el camión de guerra,
las flores.

viernes, 19 de junio de 2009

Ares poético VI

Antes de abandonar mi lugar cerca del Monumento y abrazarme al Atlántico por tercera vez en dos meses, dejo aquí un par de líneas de lucha por si el tiempo se da y el amor se brinda. De Portales, el número 5.

5

Se abre una puerta y no es mía
deja pasar a través de sí
todas las imágenes
como figuras muertas
y el olor del vacío

viernes, 12 de junio de 2009

Ares poético V

He dejado de luchar en dos ocasiones ya. Pero sigo de pie, tratando cuerpo a cuerpo con la muerte. Los sueños siguen su curso. Y mi destino se escribe con tinta y sangre, con agua de todos los colores y sabores que la naturaleza produce para mí.

Para este viernes de junio lluvioso, el poema que abre el libro Angel terreno.

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Parece ayer que busqué el azul en los charcos café de un ángel terreno. Sigo buscando ese azul que se pierde en sus adentros tras las palabras y la piel. Sigo buscando también mi propia alma, que disuelve en el humo de las calles y el vaivén del mar y los árboles.

Estoy cansada de esta espera prolongada de independencia. De subyugarme indefinidamente a la sujeción y a la censura. En mis manos se esconde la sombra de los versos nacidos. Y no soportan mis dedos el peso de su abismo.

A veces siento un miedo terrible de ser inanimada y un pavor oscuro de ser infantilmente mujer, de estar condenada a la podredumbre verde de nunca madurar. Porque el tiempo no excusa ni comprende, solo factura y entrega los recibos.

Esta vigilia será larga y triste o más bien solitaria, como los grandes mártires los pequeños idiotas, quién lo sabe.

De todos modos tengo opciones, puedo tomar la cartera y seguir idealizando esa ciudad que me excluye de sus interiores y me restriega su lejanía, puedo caminar eternamente hacia el infinito o el consabido fin del mundo, detener mis pasos y ver desde mi cama el ocaso y la herrumbre de la vida, puedo zigzaguear entre los seres humanos y extirparme el corazón para que la piel sea el manto de la muchedumbre. Pero finalmente solo quiero luchar (no encontré una palabra menos cursi) y buscar y lograr esa pequeña felicidad que se oculta en las manos del ángel terreno.

La distancia es una mentira kilometrada que quisiera recorrer volátil, pero el don de las alas solo se me dio en las palabras y los sueños, no en el armazón de huesos y músculos que me sitúa entre los mortales y los ángeles terrenos.

No sé qué soy. Una tumba de agua, pálpito de pez o una nube que llueve en esta tierra seca y anegada por el sol. Irremediablemente seguiré buscando el nombre de mi voz adolorida o alegrada, el sufrimiento nunca ha de ser eterno, solo una progresión hacia el hastío, hacia la nada de los sentidos.

El tiempo se vuelve pasado y vías miserables que no abandonan este cuerpo enrarecido por la civilización y la decencia o la promiscuidad (y no en absoluto) y estos ojos de insomnio silente y desnudo, audaz y oculto, que nunca llega a concretarse en el cuerpo sino en el espíritu y la voz de una difunta blancamente vestida.

Recostada al borde de los charcos de un ángel desalado, aún me queda la fuerza del convencimiento auténtico de permanecer despierta, colgada, con el pecho abierto a los puñales de la imagen y la monarquía absoluta del calor de los cuerpos.

Parecen otros los caminos pero son los mismos, solo que el carnaval de las máscaras los pervierte y los pinta con la sonrisa de otra era. Es que ya no soy un rostro o muchos, otro rostro o versiones frágiles, es como si de mí surgieran pequeñísimas morenas con pies planos y ataques de rabia y alegría sombrados en la voz y pozo infinito de palabras en las manos.

Puedo culminar tu obra, pero me da miedo que sea solo un intermedio gracioso para subrayar en biografías, películas y anecdotarios de un enano letrado. Quiero permanecer inmóvil sobre este mar y sentirme dichosa por las caricias de unos soles y el rumor de unos números agrestes y públicos.

Tal vez he perdido la coherencia, pero aquí, firme, soy capaz de sostener la pluma aunque no sea ésta la ciudad y sí importe. El decaer de los discípulos se percibe en los trazos jeroglíficos de esta mano que va auscultando las páginas de un libro oxidado por la juventud.

Ya no es viernes aunque las agujas me marquen. Y Azul sigue siendo negra compañía de esta soledad primitiva. Encerrado en su propio universo de agua, Neptuno es tan lejano a su origen ante mis ojos.

Estoy divagando, lo sé, y siempre lo he hecho porque no puedo ser y andar de otra manera o quizás sea más cómodo o menos rutinario. La oscuridad se cierne alrededor de un cirio que busca sostener su sola llama de cambio y permanencia variable. Los mosquitos se adhieren a mis piernas apoyados por la oscuridad y sus extensos dominios.

La fatiga me corrompe y el compromiso de un más tarde cercano me convida al abandono de esta vigilia fragmentada que pretendo sostener hasta que la duda y las páginas sean desiguales.

miércoles, 10 de junio de 2009

Perlas y maravillas sureñas


Siempre, desde que lo visité con prisa en 1997 y regresé en 2001, el Sur que también existe me fascinó y embrujó. Y no se trató de pócimas secretas ni rituales liboristas o carnavalescos. Bastaron sus aguas frías y su azul turquesa marino, la carretera interminable, la montaña besando la playa, el horizonte infinito colmando la mirada.

Y ahora, volver por tercera vez a Barahona y confirmar para siempre sus escondidos. Su siempre azul turquesa costa de 44 kilómetros. Las montañas que destilan verdor, los rabos de nube que ofrece gratis Cachote, los cementerios marinos de Paraíso, Los Patos y Enriquillo; la humedad boscosa donde habita la Jibijoa.

Barahona no se limita a la producción de divas como María Montez y Casandra Damirón. Barahona es también magnético en su Polo, aromático y orgánico en su café, grande y majestuosa como sus plátanos.

La perla maravillosa del Sur es tanto y tanto, que una imagen habla más que todas mis palabras.

miércoles, 3 de junio de 2009

Perseguir los sueños

Siempre he dicho que luego de saber lo que una/uno quiere en la vida, lo siguiente es hacerlo. Comenzar la hilera de intentos y tropiezos, lo de la prueba y error para aprender. Y en esta semana, entre revistas y películas una se encuentra con frases que ilustran mejor lo que cada ser humano debería hacer con su vida.

Dice Saulo Hidalgo (sin que me acusen de religiosa fanática) que para ver el milagro con tus ojos físicos debes verlo con tu mente y corazón primero. O lo que los bestsellers de autoayuda calificarían como de visualizar y enfocarse. Eso basta para alcanzar el milagro: aquello que parece imposible o difícil de alcanzar. Y el ejercicio de ver con el corazón y la mente implica conocer lo que se tiene, saber lo que se necesita y desechar lo innecesario. Cualquier cosa que nos distraiga o aleje de nuestros sueños, debe ser eliminada, en tanto no contribuye a que el milagro traspase las fronteras mentales y emocionales y se ubique en el espacio material y tangible.

Los milagros comparten esa característica con los sueños; generalmente lo que es fácil de conseguir es cotidiano, simple, terrenal. Los sueños se elevan por encima de nosotros, de la tierra, de las rutinas y costumbres, se salen de la normalidad y las convenciones sociales.

Y aquí entonces viene una aseveración de José D'Laura en su blog, que provino luego de ver y analizar la película Revolutionary Road (Solo un sueño). "No es saludable renunciar a los sueños por irrealizables que parezcan porque ese vacío se queda entre nosotros." En Frank y April Wheeler había un vacío desesperanzado, según las palabras de su vecino desquiciado John Givings. Y aunque Frank luego pudo llenar ese vacío ( o asumir que no podía cambiar nada) April no pudo. Y es este vacío desesperanzado es lo que debemos evitar a toda costa.

Recuerdo que mi amiga Dania Guzmán me dijo "No dejes que nadie te cuente nada, vívelo todo por ti misma". Y vivir por uno mismo es hacer realidad los sueños, sin que nadie te cuente o te diga cómo y cuándo vivir. Es entonces la salud de los sueños la que nos falta a todos, es ese vacío desesperanzado el que se queda entre nosotros, porque como también dijo John Givings, muchos pueden ver el vacío, pero pocos ven la desesperanza.