viernes, 26 de marzo de 2010

Del Atlántico al Caribe

La madrugada nos impidió agotar nuestra cuota habitual de sueño. La carretera, más viva que muerta, nos esperaba. Empezamos a desandar los pasos desde el océano, atravesando las montañas llenas de palmas, hierba verde, sal y viento. De la ciudad noviera y dorada, nos despedimos con lluvia y frío, con nostalgia. El camino apenas daba sus visos de rapidez. Y la ciudad monumental atravesamos con alegría de completar una parte de la travesía. Y la autopista se mostró ágil y generosa, permitiendo un dormitar necesario y delicioso.

Santo Domingo fue imponente y orgullosa, se olvidó del Caribe en sus balcones. No quisimos detenernos a llorar su olvido. No pudimos advertirle de su desidia marítima. Tomamos otra vez la carretera, otra carretera, otra vía muriendo viva. Mucho verde olvidado, toda la sequía de los corazones ingratos, el sol ofendiendo con su fuerza y las aventureras aguantando el peso de las horas en los ojos y la garganta. Vimos pueblos levantarse y emprender la faena diaria, vimos a Azua compartir el pan del mediodía.

Y antes de que la tarde del sábado tomara cuerpo y alma, el arco rectangular de la perla maravillosa del Sur nos cedía paso a las aventuras de sus montañas húmedas, su costa azul, sus estrellas nocturnas, el frío incalculable de la noche y los misterios de su mar caribeño y recordado: nunca a la espalda, siempre en la frente y altivo.

A Liliana, inmejorable compañera de ruta isleña.

martes, 2 de marzo de 2010

Testigo de agua y sal

Pongo al mar como testigo de mis gritos infantiles
los correteos familiares
y la sal aguada que se traga de sorpresa.
Pongo al mar para que firme que de niña creí ciegamente
y que de adulta sigo creyendo,
aunque ya abro los ojos.
Pongo al mar de testigo de mis líneas adolescentes y febriles,
el regreso al mismo mar
y los dolores del amor.
Pongo al mar a que testimonie mis delirios parisinos,
las calles lluviosas, las cervezas, el vino,
las carreteras y habitaciones prestadas,
las ciudades y las montañas encontradas.
Pongo al mar de testigo de papeles y adioses,
de madrugadas borrachas de canciones,
de inventos para volver a dormir caminando.
Pongo al mar a que corrobore mis lágrimas y muertes,
los poemas y las noches insomnes,
el delirio.
Pongo al mar como testigo
y firmo hoy mi propia sentencia de vida.