lunes, 18 de enero de 2010

El silencio de Apeco

Periodista como soy, no puedo estar callada, menos entre colegas. La tristeza dominguera y sepulcral se mantenía a raya, a punta de la agenda mediática, Haití y su tragedia, los gajes del oficio maravilloso de García Márquez, los viajes, las historias. Llegaron amigos del difunto que esperábamos, personalidades culturales, fichas conocidas: ninguno logró callar nuestra charla improvisada en la entrada del Cementerio Municipal 30 de Marzo. Solo el silencio indescriptible y ceremonial del cortejo fúnebre y el ataúd disolvieron la cofradía y enmudecieron nuestros relatos. El mismo silencio que acompañó al maestro de la fotografía en vida, y cuyo cuerpo despedimos, se apoderó de los contornos de la tumba en ese domingo de adiós sencillo y sincero. Nadie hizo comentarios por lo bajo, ningún llanto estrepitoso desordenó los pasillos lúgubres de los lechos eternos. Las lágrimas corrían discretas, las sonrisas de satisfacción por haberle conocido asomaban sutiles. La despedida de Apeco fue como su vida, tan silenciosa como una fotografía: que en su intensa mudez nos entrega un pedazo del mundo y crea un mundo nuevo.

miércoles, 13 de enero de 2010

Marcas indelebles

Los días tienen marcas, indelebles a veces; buenas o malas, siempre. Hace 26 años, el 12 de enero de 1984, para el país fue una jornada de muerte, peligros, dolor, angustia. Para un par de casados de Licey al Medio, fue el día en que se convirtieron en padres de quien escribe esta entrada. Mi nacimiento estuvo marcado por luchas y conflictos nacionales, que se sucedieron durante los primeros meses de ese año ochentoso. Y poco aparece en libros y nada se recuerda en foros de todo tipo.

Dos décadas y dos tercios más tarde, la fecha se vuelve marcar. Esta vez con los movimientos telúricos de la isla que compartimos, "los de al lado" en este globo azul que es el mundo. La felicidad que sentimos unos cuantos por mis añitos de vida trajo de camino la sensación de vacío tras la tragedia doble que significa una catástrofe en Haití. Nuestro país vecino ya sufría del mal de la corrupción y la pobreza ha sido su medalla ad vitam. Ahora, sin quererlo, retrocede más. Ahora, (obligatoriamente) ha de comenzar de cero, tal vez de menos cien mil, mucho más abajo en la escalera de números enteros que conforman los que sobrevivieron y los que no.

Este no es un espacio noticioso, pero cómo sustraerse del horror y el dolor. La poesía siempre trae esperanza. Y es la verde sensación de futuro la que necesita hoy (ayer) el pueblo haitiano. Esperanza y solidaridad, nunca lástima. Y que las marcas de las fechas puedan servir de comienzo, de impulso hacia adelante, única vía para salvarnos.