Santo Domingo fue imponente y orgullosa, se olvidó del Caribe en sus balcones. No quisimos detenernos a llorar su olvido. No pudimos advertirle de su desidia marítima. Tomamos otra vez la carretera, otra carretera, otra vía muriendo viva. Mucho verde olvidado, toda la sequía de los corazones ingratos, el sol ofendiendo con su fuerza y las aventureras aguantando el peso de las horas en los ojos y la garganta. Vimos pueblos levantarse y emprender la faena diaria, vimos a Azua compartir el pan del mediodía.
Y antes de que la tarde del sábado tomara cuerpo y alma, el arco rectangular de la perla maravillosa del Sur nos cedía paso a las aventuras de sus montañas húmedas, su costa azul, sus estrellas nocturnas, el frío incalculable de la noche y los misterios de su mar caribeño y recordado: nunca a la espalda, siempre en la frente y altivo.
A Liliana, inmejorable compañera de ruta isleña.
0 hacen esquina:
Publicar un comentario en la entrada