lunes, 11 de mayo de 2009

Una fotografía

No tengo una fotografía de escritora decente. Mi pose de poeta de siglo XXI no está registrada en píxeles ni en colores. Evaluando la mayoría de las publicaciones impresas y digitales, los poetas, narradores y escritores de este siglo (sobre todo esos que nacieron en los años 70 del siglo pasado) tienen una particular estética fotográfica que los hace lucir endiabladamente interesantes a ellos y silvestremente liberadas a ellas. Ellos, con piercings y cabello al descuido o cortes militares y la dualidad blanco/negro en las vestiduras. Ellas, con el cabello suelto, sin laciado definido, delineador negro deliberadamente evidente y mirada profundamente poética posada.

No tengo una fotografía que represente la fortaleza o dulzura de mis versos o líneas. Soy terriblemente común en las imágenes que de mí se han hecho. Suelo aparecer vestida con camisas manga tres cuartos, una pashmina blanca en la cabeza, alguna camiseta promocional o unos jeans corte ancho color azul. En el peor de los casos, y debido a mi trabajo, unos vestidos negros clásicos y como aparición cometa, alguno que otro color para alegrar a las compañeras de trabajo.

Carezco de magia para poner cara de escritora. A lo sumo, me sale una sonrisita sin la que la cámara no me ayuda a sobrevivir al efecto de la luz. No me da la valentía para dejar de procesarme el cabello y mezclo con poco tacto piezas de imitación de joyería con materiales artesanales y rústicos. No tolero los zapatos altos, pero tampoco puedo ostentar mi devoción por las chanclas.

Antes, era más sencillo. Solo se miraba de perfil y el cuadro o la fotografía salían con la cara seria, ellas con su blusa de cuello alto y el pelo recogido, con discretos aretes y algún collar de perlas; ellos, el sombrero de copa y el corbatín negro marcando el cuello. La biografía se encargaba de dar los matices que por ausencia de color no se percibían. El misterio del resto del cuerpo quedaba a opción de los suertudos que, atraídos por el mito, buscaban obstinadamente el soñado encuentro con el autor/autora, idealizado gracias a la imagen.

1 comentario:

José D'Laura dijo...

Acudo al consejo I del Decálogo Onetti:
I. No busquen ser originales. El ser distinto es inevitable cuando uno no se preocupa de serlo.
¡Ay, los maestros!
(Palabras de martes abstemio)